No me pidan aplausos automáticos por una muerte. La historia mexicana conoce el atajo del plomo: funciona un día y envenena años. Si el Estado normaliza resolver con 'abatido', primero se erosiona el debido proceso, luego se vuelve costumbre, y al final cualquiera puede caer en una zona gris donde nadie rinde cuentas. Hoy es un capo; mañana puede ser un error con consecuencias irreparables. Una victoria real sería captura, juicio, verdad verificable y reparación. La versión oficial puede ser cierta, y aun así el método importa. Porque cuando la justicia se parece a venganza, el Estado pierde autoridad moral. Y sin autoridad moral, la seguridad se vuelve puro músculo.